RESDAL, desde Beirut Choques armados en Líbano junto a la frontera con Siria: convivir con el miedo

El domingo 5 de octubre por la noche –día festivo por la fiesta del sacrificio, Eid al-Adha, celebrada el sábado- enfrentamientos armados sacudieron zonas del valle del Bekaa, situado en el este del país cerca de la frontera con Siria.  Miembros del Frente Nusra –afiliado a Al Qaeda en Siria- atacaron posiciones de Hezbollah en las montañas que rodean la zona, con un saldo de casi veinte muertos. El hecho ha acaparado lógicamente la atención de la prensa local y de la internacional opacando tal vez la otra gran noticia del día (un quiebre de seguridad de la Blue Line guardada por UNIFIL en la frontera con Israel), y pone otro punto más en la preocupación existente sobre la situación actual y futura de seguridad.

El valle de Bekaa. Tras las montañas, Siria

Esta clase de sucesos no son lamentablemente ajenos a Líbano en este año; el país sufre las consecuencias de un conflicto que está envolviendo a toda la región. En agosto pasado, por caso, miembros de este mismo grupo junto con el Ejército Islámico (ISIS, aquí llamado también Daesh) atacaron el pueblo de Arsal, cercano a los choques de ayer, que hace frontera con Siria. En un enfrentamiento que duró días fueron combatidos por las Fuerzas Armadas Libanesas, las cuales perdieron a diez efectivos mientras más de otros doce fueron secuestrados. Las familias de los militares secuestrados piden cada día por acciones que recuperen a sus seres queridos (el domingo justamente cortaban la ruta al Este), y tres de ellos han sido asesinados por ISIS.

 

Laboue y Brital –dos de los pueblos en los que se desarrollaron los eventos- se encuentran en ruta y a poca distancia de uno de los puntos más conocidos de Líbano: Baalbek, la ciudad que alberga uno de los santuarios romanos mejor preservados del mundo. Patrimonio de la humanidad, los peligros de la cercanía de grupos como Daesh/ISIS han espantado el turismo desde hace meses.

 

Tuvimos la oportunidad de tener una impresión sobre el ambiente pues justamente ese domingo nos dirigimos hacia el Este, con la intención de ir al valle de Bekaa y conocer de primera mano la zona. Llegar allí toma unas dos horas desde Beirut;  en los 80 kilómetros que van desde la capital a Baalbek atravesamos ocho puestos de control militares que chequean a cada automóvil y a sus ocupantes, y  ya en la ciudad misma se sumó un control de Hezbollah.

 

Muy pocas personas circulaban por Baalbek  y menos aún cerca de sus esplendorosas ruinas: tal como nos relatara un habitante del lugar, la situación se ha vuelto muy difícil para los pobladores de la zona pues se ha perdido su principal fuente de ingresos. La tensión por la seguridad podía palparse en un ambiente en el que todos observan y están atentos al mínimo detalle que pueda suponer la cercanía de peligro.

 

Las ruinas de Baalbek, solitarias

Pero a unos cuarenta kilómetros al sur, saliendo ya de la Bekaa, el día parecía un domingo cualquiera. Familias almorzando, tráfico incesante –ese enloquecido tránsito libanés- y el sol de otoño sobre los campos. Una postal de la naturalización de la violencia, ese flagelo que parece anestesiarnos y al cual nos adaptamos de tan cotidiano que nos resulta. Una naturalización que es tragedia pero que también, al marcar los límites a los que nos llega el temor, representa esperanza.

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